sábado, 25 de octubre de 2014

Caleidoscopio III


El Santo Oficio… ¡Menudos son! Y mira que yo soy lista, más lista que ellos, pero ellos son tenaces, son tenaces hasta el hartazgo, hasta que te pillan en un descuido. Que qué libros lees, qué andas escribiendo, que porqué viajas tanto, a qué vienen tantas entrevistas con esos monjes, que tu ya tienes tu confesor, el que te han asignado, que para eso el Señor Obispo, que es un santo, sabe lo que es mejor para ti… 
        Mi pobre padre no supo qué hacer conmigo, no podía entender y menos responder mis preguntas. Yo le pedí que me trajera al convento, en busca de paz. Me decía, hija, los porqués sólo El Altísimo los sabe, no quieras ser más que Dios. No entendía que yo no quiero ser más que nadie, lo que yo quiero es saber dónde nacen todas estas preguntas que no me dejan, quiero saber si alguien sabe las respuestas. 
        A Dios le ruego en mis plegarias que me libere de esta carga que yo no he pedido, que me libere o que me de las respuestas… El Señor Obispo, que es un santo, me recomienda ayuno y rezo y resignación a los designios del Señor, que sólo él sabe porqué me ha mandado esta carga para hacerme más fuerte y servirle mejor. 
        Pero yo sé que todo lo que Dios ha creado ha sido bajo su designio y su dirección y que si Dios ha creado los ríos es para darnos agua y si ha creado los árboles es para darnos sombra y fruto… y si Dios, que me ha creado, me envía estas preguntas es para que tengan su respuesta. 
        Yo sé que hay libros donde hay muchas respuestas, pero no me los dejan leer, sólo los pueden leer los monjes y sólo bajo Su supervisión. Que si esa no es la función de una monja, que si estoy yendo contra la Norma, que quién me envía esas preguntas, que si no será el Diablo… 
        Porque en este mundo existe una Ley, un orden contra el que una mujer no puede ir nunca sin atraer la desgracia sobre ella. 

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