El Santo Oficio… ¡Menudos
son! Y mira que yo soy lista, más lista que ellos, pero ellos son tenaces, son
tenaces hasta el hartazgo, hasta que te pillan en un descuido. Que qué libros
lees, qué andas escribiendo, que porqué viajas tanto, a qué vienen tantas
entrevistas con esos monjes, que tu ya tienes tu confesor, el que te han
asignado, que para eso el Señor Obispo, que es un santo, sabe lo que es mejor
para ti…
Mi pobre padre no supo qué hacer conmigo, no podía
entender y menos responder mis preguntas. Yo le pedí que me trajera al
convento, en busca de paz. Me decía, hija, los porqués sólo El Altísimo los
sabe, no quieras ser más que Dios. No entendía que yo no quiero ser más que
nadie, lo que yo quiero es saber dónde nacen todas estas preguntas que no me
dejan, quiero saber si alguien sabe las respuestas.
A Dios le ruego en mis plegarias que me libere de
esta carga que yo no he pedido, que me libere o que me de las respuestas… El
Señor Obispo, que es un santo, me recomienda ayuno y rezo y resignación a los
designios del Señor, que sólo él sabe porqué me ha mandado esta carga para
hacerme más fuerte y servirle mejor.
Pero yo sé que todo lo que Dios ha creado ha sido
bajo su designio y su dirección y que si Dios ha creado los ríos es para darnos
agua y si ha creado los árboles es para darnos sombra y fruto… y si Dios, que
me ha creado, me envía estas preguntas es para que tengan su respuesta.
Yo sé que hay libros donde hay muchas respuestas,
pero no me los dejan leer, sólo los pueden leer los monjes y sólo bajo Su
supervisión. Que si esa no es la función de una monja, que si estoy yendo
contra la Norma, que quién me envía esas preguntas, que si no será el Diablo…
Porque en este mundo existe una Ley, un orden
contra el que una mujer no puede ir nunca sin atraer la desgracia sobre ella.
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